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Bueno, los relojes de cuenta regresiva ya están en marcha, empiezan a circular noticias sobre los precios astronómicos de las entradas, y las agencias gubernamentales se esfuerzan por terminar los proyectos de infraestructura antes de un esperado auge turístico, así que el inicio del Mundial está a la vuelta de la esquina.
Una señal inequívoca de que la temporada del Mundial está en pleno apogeo es que la sección de Deportes de Lakeside News inicia su cobertura esta semana con nuestra primera entrega, "La guerra de los 90 minutos: una guía para el reloj del Mundial", y en las semanas siguientes publicaremos un artículo semanal explicando el juego a quienes no crecieron con el fútbol: quiénes son los equipos, cuáles son las reglas, quiénes son los jugadores mexicanos y en qué otros equipos juegan, y en general, todo lo que necesitas saber para entender lo que es una verdadera religión en México.
Si bien nuestra cobertura estará dirigida a nuestros lectores de habla inglesa, unas palabras sobre por qué el fútbol es prácticamente una religión en México podrían resultar interesantes tanto para mexicanos como para expatriados.
En México, el fútbol está tan arraigado en la vida cotidiana que funciona casi como una religión civil, con sus propios rituales, santos y espacios sagrados. Esto aplica tanto a niñas como a niños; de hecho, tanto en Estados Unidos como en México, el fútbol femenino es uno de los segmentos de más rápido crecimiento en el panorama deportivo.
En términos religiosos, los estadios e incluso las canchas locales de COMUDE se convierten en "templos" donde la gente se reúne semanalmente para animar, llorar y celebrar juntos, especialmente en los grandes estadios y las ligas mayores. La intensidad emocional de esa experiencia colectiva refleja fielmente una ceremonia religiosa. Los sociólogos que han estudiado las aficiones mexicanas sostienen que la devoción por los clubes reproduce las mismas funciones sociales que la religión tradicional: proporcionar identidad, pertenencia, mitos compartidos y una sensación de trascendencia que eleva a las personas, durante 90 minutos, fuera de sus luchas diarias. Por lo tanto, el fútbol funciona como una especie de religión nacional (y no solo en México; véase Inglaterra, España, Italia, Brasil, Argentina, etc.).
Esta pasión casi religiosa se ve amplificada por la cultura e historia de México. En muchos barrios, un club local o la selección nacional se erige como un santo patrón laico; los hinchas organizan peregrinaciones a los estadios, pintan murales, transmiten canciones de generación en generación e incluso visten imágenes religiosas, como el Niño Dios. Para millones de hinchas, apoyar a Chivas o Cruz Azul es más una cuestión de corazón que de resultados; es una forma de afirmar la identidad regional y nacional.
Finalmente, el fútbol en México tiene un peso político y económico similar al de una religión. Los partidos de la selección nacional pueden paralizar la vida pública, con políticos, marcas y medios de comunicación que se vinculan al simbolismo del juego para aprovechar esa devoción masiva. Jugadores y entrenadores exhiben abiertamente gestos y creencias religiosas en el campo. En este ambiente, las victorias y las derrotas se viven como milagros o tragedias colectivas, reforzando la idea de que el fútbol no es solo un deporte, sino un pilar fundamental de la vida pública mexicana. ¡Y además es muy divertido!
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