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Anoche me uní a la celebración por el décimo aniversario de Pasta Trenta. Fue un evento vibrante, alegre y cargado de orgullo, con comida deliciosa —como no podía ser de otra forma—, mucho tequila y buena música. Pero, por encima de todo, fue un homenaje a la "magia mexicana" y a su creadora y propietaria: Bárbara Romo.
Bárbara fue una de las primeras personas que conocí al mudarme a Ajijic hace casi siete años. Coincidimos cuando alquilé un espacio en la calle Constitución para mi estudio de radio, justo al lado del local original de Pasta Trenta. Solía pasar a almorzar y generalmente me recibían su padre o su hermano; sin embargo, no conocí a Bárbara formalmente sino hasta que, por accidente, rozó el auto de su madre al estacionarme.
“No te preocupes. Ve a comer pasta”, me dijo ella tras ver el pequeño rasguño. Desde entonces, vio crecer su negocio: de aquel local de una sola habitación y cuatro mesas que ya era un sitio entrañable, hasta su expansión actual. Cuando ambos terminamos nuestros contratos de alquiler y tuvimos que mudarnos, seguí de cerca la apertura de su nuevo establecimiento en la carretera de Ajijic. Fue allí donde la vi crear magia de verdad, combinando árboles, luces brillantes y un personal que ofrecía abrazos junto con las margaritas y el fettuccine.
El ambiente que logró me recordaba al restaurante Blue Bayou en Disneyland: esa misma atmósfera que te transporta a una noche de ensueño.
Incluso cuando los dueños de aquel edificio decidieron, a principios de este año, demoler el restaurante para construir lo que se perfila como uno de los edificios más antiestéticos de Ajijic —y ciertamente uno de los menos apropiados para un Pueblo Mágico—, Bárbara no se rindió. Encontró su ubicación actual y recreó la magia una vez más, logrando un entorno que te envuelve y te llena de alegría.
Cada una de sus sedes ha sido más grande que la anterior; un crecimiento que demuestra no solo su visión para los negocios, sino una valentía admirable para asumir riesgos. En una industria donde los márgenes de ganancia suelen ser estrechos (apenas del 3% al 6%) y donde muchos fracasan, Bárbara ha prosperado mientras formaba su propia familia.
Hoy, junto a su esposo y su bebé, Bárbara no solo ha consolidado una clientela fiel, sino una verdadera comunidad. Al observarla anoche desde lo alto de la escalera, viendo las mesas llenas, a la gente bailando y a los meseros sonriendo mientras abrazaban a viejos amigos, su rostro lo decía todo: esa es su familia.
Y se notaba también en los comensales, porque en Pasta Trenta uno no sale simplemente a comer; uno siente que vuelve a casa para cenar.
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