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Recientemente asistí a un concierto en el Centro para la Cultura y las Artes de la Ribera (CCAR), el auditorio construido y administrado por el Estado. El CCAR es uno de los tesoros culturales de la Ribera; cuenta con presentaciones de nivel nacional y estatal, un recinto bien equipado con capacidad para 480 personas y un excelente equipo de gestión local. Es, sin duda, el espacio más importante de la región.
El evento al que asistí —un concierto de música clásica con mariachis locales y solistas tanto mexicanos como extranjeros— tuvo un lleno casi total: cerca de 400 personas. Sin embargo, durante el intermedio, la multitud salió en masa en busca de bebidas o algún refrigerio y se encontró con nada.
No hay un bar, ni puesto de comida, ni un lugar donde el público pueda comprar una botella de agua, una margarita o algo para picar. Es irónico que recintos mucho más pequeños, como el Bravo! Theatre (100 asientos) o el Bare Stage (40 asientos), cuenten con servicio de bar. Incluso el Lakeside Little Theatre tiene un bar completo que vende bocadillos. Pero en el recinto más grande y lujoso de la Ribera de Chapala, no hay nada.
¿Qué sucedió con los planes originales?
Según me comentó un artista invitado que se alojaba en las instalaciones, el edificio cuenta con cocina y comedor. Sin embargo, los planes originales para un bar se transformaron en una galería de arte, descartando por completo el servicio de alimentos y bebidas.
Actualmente, la situación es precaria: de vez en cuando, grupos locales instalan mesas para vender agua, provocando filas interminables por la falta de personal. Otros asistentes optan por correr a los negocios cercanos con la esperanza de regresar a tiempo para la segunda parte de la función.
Si bien una galería de arte es una adición valiosa para un complejo cultural, enviar al público a la calle por una botella de agua no es aceptable. Además, el sistema actual es inconsistente: algunas semanas hay vino, otras solo agua; a veces hay galletas y otras veces nada. Todo depende de quién esté a cargo de las mesas ese día.
Aunque no sugiero que el Estado administre directamente un bar, sí propongo que se firme un contrato de concesión con un restaurante o comercio local.
Se podría instalar un puesto de comida portátil en las áreas laterales del CCAR, equipado con personal suficiente para agilizar las filas; variedad de bebidas y aperitivos; mesas y sillas para que el público no tenga que consumir de pie sobre el ladrillo.
Esto no solo apoyaría a la economía local, sino que dignificaría la experiencia del asistente. En definitiva, el sistema actual no beneficia a los habitantes de la Ribera, quienes somos, después de todo, los usuarios finales de los servicios de la Secretaría de Cultura.
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