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Por Mark W. Bailey – Columnista invitado. Incluso en el refugio natural que ofrece la ribera, los huracanes despiertan viejos recuerdos. Tras décadas viviendo en la costa del Golfo de Texas, que limita con el Golfo de México, sigo consultando el sitio web del Centro Nacional de Huracanes durante la temporada de tormentas. Los ciclones Polo, Simon y Trudy, frente a la costa del Pacífico mexicano, me han recordado una rutina que me alegra haber dejado atrás.
De niño, en los suburbios de Houston, las calles inundadas me parecían de lo más divertidas. Cada vez que llegaba un fenómeno meteorológico tropical, los niños del vecindario salíamos a chapotear en el agua. Solo más tarde comprendí lo que esas inundaciones significaban para quienes intentaban trabajar, desplazarse o proteger sus hogares. La tormenta tropical Claudette, en 1979 —cuando yo ya era un adulto joven y trabajaba en el centro de Houston—, dejó claro que la gravedad de la situación era imposible de ignorar. No hace falta que una tormenta alcance vientos con fuerza de huracán para provocar daños masivos y múltiples muertes.
Con el paso de los años, el temor ante la siguiente tormenta fue creciendo. Prepararse significaba cubrir las ventanas con tablas o cinta adhesiva, llenar las bañeras de agua, retirar cualquier objeto que el viento pudiera arrastrar, asegurar todo lo demás y trasladar los vehículos a un lugar protegido o a una zona más elevada. A veces, incluso teníamos que evacuar. Y eso era solo en casa.
Durante gran parte de mi trayectoria profesional, también tuve que preparar los concesionarios de automóviles que dirigía. Había grandes ventanales de cristal por todas partes y un inventario de vehículos que proteger. Reforzábamos las ventanas lo mejor posible y trasladábamos tantos vehículos como podíamos a un lugar cubierto, con el fin de limitar los daños y cumplir con los requisitos de las aseguradoras. Asegurar un concesionario podía llevar un día entero; deshacer todo el trabajo, otro día más.
Si la tormenta no llegaba, la primera reacción era de alivio. La segunda, darse cuenta de que ahora tocaba revertir todo el trabajo realizado. Sentir irritación porque no hubiera ocurrido un desastre era, por supuesto, algo absurdo, pero a la vez totalmente humano.
Si la tormenta golpeaba, el verdadero calvario solía comenzar una vez que los vientos amainaban. El suministro eléctrico —y a veces el de agua— podía desaparecer durante días. Las gasolineras se quedaban sin combustible y los estantes de los supermercados se vaciaban. El calor y la humedad de Houston, sin aire acondicionado, resultaban brutales y, para las personas vulnerables, potencialmente mortales. Los mosquitos, las serpientes y hormigas de fuego desplazadas de su hábitat, los escombros esparcidos por todas partes y los tendidos eléctricos caídos convirtieron barrios enteros en un auténtico infierno.
El huracán Ike, en 2008, fue el último que viví en Houston. Nuestra casa no sufrió daños graves, pero nos quedamos sin electricidad durante varios días. Los suelos de baldosas acumularon tanta humedad que teníamos que caminar sobre toallas para no resbalar. En el concesionario, las filtraciones dañaron los paneles del techo, dejando entrar agua y escombros en las oficinas y en la sala de exposición. El huracán Ike azotó la zona alrededor de las dos de la madrugada de un sábado; el domingo siguiente, tuve que sortear carreteras cubiertas de escombros para llegar al concesionario y evaluar los daños. Debíamos estar operativos el lunes para atender los vehículos dañados por la inundación, que empezarían a llegar en grúa al amanecer. Algunos de nuestros empleados estuvieron casi tres semanas sin electricidad, pero la vida y el trabajo debían continuar.
Lo peor de todo es que, una semana o un mes después, podía formarse otra tormenta y nos tocaba pasar por todo el proceso de nuevo.
No diría que las secuelas equivalen a vivir en una zona de guerra, pero es, quizás, lo más parecido que muchas personas experimentarán a ver cómo los servicios básicos y las comodidades cotidianas desaparecen de la noche a la mañana. Dependes de ti mismo y de los demás. Esta situación saca lo peor de algunas personas y lo mejor de otras.
Nos mudamos a Austin y, más tarde, a Ajijic; aun así, sigo consultando los pronósticos meteorológicos, pensando en quienes se encuentran en la trayectoria de una tormenta. Sé lo que les espera. Nunca podré librarme del temor que provocan estos fenómenos tan terribles.
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